Jane Austen Académica: Recensión de Emma, por Sir Walter Scott, para “The Quarterly Review”, Octubre de 1815


Esta entrada hace tiempo que os la había prometido pero, como ya veréis, es un poco larga y, por qué no decirlo, a veces un poco densa. Pero se trata de Walter Scott y de Jane Austen, y el sacrificio de la traducción merecía la pena (¡qué dramática y gótica me he puesto!). Ya me gustaría haberlo encontrado traducido al español, pero no, así que, como de costumbre, pido disculpas de antemano si se me escapa alguna “cosina”…

Veréis que hay una primera parte de introducción, y que realmente Walter Scott no empieza a mencionar a Jane Austen hasta un poco avanzado el artículo. Lo hace de forma indirecta, en la que empieza a introducirla como esa figura de la literatura inglesa que iba a suponer una ruptura con la novela tradicional, para dar paso a la novela realista inglesa. Sin duda, me quedo con el concepto de “precisión” con la que esboza personajes y escenas.

Walter Scott, su padre, sus hermanos, reconocieron de inmediato el genio de Jane Austen como escritora. Ella sabía que era buena, y ellos también. ¡Para que luego nos vengan con el sambenito de “escritora de novelas románticas! Ya sabéis cómo me pongo…

Por cierto, creo que, en este época de secuelas sin fin, no estaría nada mal que más de una (suelen ser mujeres las secuelistas) se leyera este prodigioso artículo y, a ser posible, dos o tres veces…

Eso sí, se trata de un artículo académico en toda la regla y, francamente, no me extraña que Jane Austen estuviera un poco molesta cuando se la hizo llegar su editor Murray (ver entrada al respecto AQUÍ)…. ¡pasó olímpicamente de Mansfield Park! Y, además, ¡le hizo spoilers completos sin ningún tipo de miramientos! Menos mal que Jane no le daba a las sales, que si no, en vez de tomárselas, igual se las había lanzado a la cabeza…. 😀 😀 Pero como era muy elegante y prudente, tan sólo se lo apuntó irónicamente a su editor… Ahora en serio… ¡A disfrutarlo! Tiene momentos gloriosos….

Recensión de Sir Walter Scott sobre Emma, en The Quarterly Review (British Library)

Recensión de Sir Walter Scott sobre Emma, en The Quarterly Review (British Library)

Sir Walter Scott sobre Jane Austen

[De el  The Quarterly Review, Octubre, 1815]

Emma; una Novela. Por la autora de Sense and Sensibility, Pride and Prejudice, etc. 3 vols. 12mo. Londres. 1815.

Existen algunos vicios en la sociedad civilizada tan comunes que difícilmente se reconocen como manchas en el carácter moral y a los que, no obstante, se oculta cuidadosamente su propensión, incluso por aquellos que con más frecuencia se entregan a ellos; ningún hombre refinado asumiría voluntariamente epítetos tan infames como “degenerado” o “borracho”. Podría pensarse que la lectura de novelas se encontrara entre este tipo de debilidades, pues entre las masas que apenas leen otra cosa, no es habitual encontrar a un individuo con la osadía suficiente como para confesar su gusto por estudios de esta frivolidad. Es por ello que las novelas son un “pan que se come en secreto”, y que no será únicamente en el aseo de Lydia Languish donde podrán encontrarse a Tom Jones y Peregrine Pickle camuflados tras obras de carácter más formal e instructivo. Y de ahí que haya ocurrido que tantos escritores, y con talentos tan variados, hayan desarrollado en ella como en ninguna otra rama de la composición, ni siquiera la poesía, sus propias facultades. Quizás podría añadirse que, aunque la composición de dichos trabajos admita la exaltación y ornamentación por la más alta expresión del genio, aún así es tal el encanto universal de la narrativa, que la peor novela jamás escrita encontrará siempre algún amable lector dispuesto a bostezar con su lectura, en lugar de abrir las páginas de un historiador, de un moralista o de un poeta. De hecho, hemos oído hablar de una obra de ficción tan incuestionablemente estúpida que su autor, divertido por la rareza del incidente, ofreció el libro, que consiste en dos volúmenes en duodécimo, debidamente encuadernado, a cualquier persona que declarara sobre su honor haberlo leído completo de principio a fin. Y aunque esta oferta se hizo a los pasajeros que iban a bordo de un barco Indiaman (ver AQUÍ de qué se trata) durante un aburrido viaje de enlace exterior, las “Memorias de Clegg, el clérigo” (tal era el título de esta desafortunada composición) dejaron completamente perplejo al estudiante más torpe y perseverante que había a bordo, y se convirtió en la excepción que confirmaba la regla general mencionada anteriormente; sí, en el momento en el que el amor por la gloria dominó al contramaestre, un hombre de partes sólidas y robustas, que se arriesgó en el intento, y que finalmente conquistó ¡y se llevó el premio!

Indiaman

https://en.wikipedia.org/wiki/East_Indiaman

usconstitutionmuseum.org

El lector juicioso se percatará de inmediato de que, mientras describíamos la práctica universal, hemos estado haciendo alegato a nuestra propia causa , y también de que hemos estado preparándole para la exposición a un conocimiento sobre este fascinante departamento de la literatura más general que el que debería ser coherente a primera vista con estudios más formales a los que, por deber, estamos obligados. Pero, en verdad, si consideramos cuántas horas de languidez y de angustia, de edad abandonada y de celibato solitario, incluso de dolor y de pobreza consiguen engañarse por la lectura de estos libros ligeros, no podemos condenar ni tampoco considerar que la regulación de este departamento esté por debajo del sobrio análisis del crítico.

Si tales disculpas pueden ser aceptadas al juzgar los esfuerzos de los novelistas comunes, se convierte en obligación por partida doble el tratar con amabilidad y franqueza trabajos, como el que tenemos ahora ante nosotros, que revelan el conocimiento del corazón humano con la energía y la determinación de poner dicho conocimiento al servicio del honor y de la virtud. La autora ya es conocida por el público por dos novelas anunciadas en la portada y que, especialmente la última, atrajeron en justicia una atención por parte de los lectores bastante superior con diferencia a la que se concede a las producciones efímeras que abastecen la demanda habitual en abrevaderos y bibliotecas circulantes. Pertenecen a un tipo de ficción que prácticamente ha surgido en nuestra época, y que describen caracteres e incidentes que son introducidos desde la realidad más próxima a nuestra vida cotidiana que lo que era permitido por las reglas previas de la novela. En su primera aparición, la novela era el hijo legítimo del romance, y aunque las formas y el giro general de la composición se han visto tan alterados para adaptarse a los tiempos modernos, el autor permanece limitado por un gran número de peculiaridades derivadas del estilo original de la ficción romántica. Estos rasgos pueden detectarse en la conducta de la narrativa y en el tono del sentimiento atribuido a personajes ficticios. Para el primer punto, aunque

           una vez quebrados el talismán y la varita mágica,

           los caballeros, los enanos y los genios desaparecen como el humo

el lector todavía espera encontrar el desarrollo de aventuras de una naturaleza más interesante y extraordinaria que aquéllas que suceden en su propia vida, o en la de sus vecinos.

El héroe ya no vence a ejércitos únicamente con su espada, ni la clava en el espinazo de gigantes, ni conquista reinos. Se espera que atraviese peligros por mar y por tierra, que se hunda en la miseria, que sea puesto a prueba por la tentación, que quede expuesto a diversas vicisitudes alternando prosperidad y adversidad, haciendo de su vida una convulsa escena entre el sufrimiento y el éxito. De hecho, pocos novelistas se han aventurado a negar al héroe su momento final de tranquilidad y felicidad, aunque el estilo habitual consistía en no liberarle de sus malestares finales hasta los últimos capítulos de su historia. De esta manera, aunque la prosperidad en los registros de su vida fuera breve, nos veíamos obligados a creer que sería larga e incesante una vez que el autor hubiera acabado con él. La heroína estaba normalmente condenada al mismo tipo de sufrimientos y peligros. Era habitual que quedara expuesta  cual virginal Sabina a ser secuestrada a la fuerza por algún admirador desenfrenado. E incluso si conseguía escapar del terror de rufianes enmascarados, de encantadores perniciosos, de los velos que forzadamente encubrían sus cabezas, o de conductores con las cortinas del carruaje subidas, no se encontraba todavía en situación de conjeturar si ya habría concluido su aventura errante, su porción de pobreza, de calumnias, de aislamiento y de prisión, y con frecuencia todo esto se extendía a verse postrada en cama por enfermedades, o reducida hasta su último chelín, antes de que el autor condescendiera a protegerla de toda esta persecución. En todas estas terribles contingencias, se esperaba que la mente del lector simpatizara con ella, ante incidentes tan alejados de los límites de su experiencia cotidiana, que deberían excitar inmediatamente su asombro e interés. Pero éste gradualmente se familiarizaba con esta tierra de ficción y de aventuras que conseguía asimilar, no tanto con su vida real, sino a su propia relación con el personaje. No importa cuán grandes puedan ser las desgracias del héroe o de la heroína, el lector depositará una confianza imperturbable en el talento del autor que, al haberlos hundido él mismo en tales estados de infortunio, a su debido tiempo, y cuando, como Tony Lumkin dice, los acontecimientos se encadenen coherentemente, los sacará fuera de todas sus desgracias. El Sr. Crabbe ha expresado sus propios, y también nuestros, sentimientos sobre este asunto de manera sobresaliente.

     Pues aunque nos aseguremos de que todas esas bellezas

     sufren los más duros golpes, todavía tienen la cura más rápida;

     Antes de que el encanto desaparezca de su cara

     excepto el florecimiento que de nuevo ocurrirá,

     en matrimonio acaba todo deseo, en  triunfo toda desgracia.

     Y en lo que quede de vida, suponemos con justicia,

     que una luz brillante será el contraste de esas oscuras desgracias.

En breve, en otros tiempos se esperaba que el autor de novelas recorriera profusamente los límites entre los círculos concéntricos de la probabilidad y la posibilidad; y como no se le permitía transgredir esta última, su narrativa, para hacer correcciones, casi siembre iba más allá de los límites de la primera. Ahora,  aunque se inste a que las vicisitudes de la vida humana lleven ocasionalmente al individuo a través de tantas escenas de fortuna singular como puedan representarse en las más extravagantes de esas ficciones, las causas y personajes que actúan en estos cambios van variando con el desarrollo de la fortuna del aventurero, y no presentan esa trama combinada (el objeto de cualquier novelista habilidoso), en la que todos los sujetos más interesantes del elenco de personajes tienen su oportuna participación en la acción, así como su contribución a la catástrofe. Es aquí donde reside la improbabilidad de la novela, más incluso que en sus cambios de fortuna variados y violentos. La vida del hombre fluye hacia adelante como la corriente desde la fuente, o se despliega en la tranquilidad, como un lago plácido o estancado. En el último caso, el individuo madura entre los caracteres con los que nació, y de los que es contemporáneo -comparte precisamente el tipo de bienestar y de infortunios a los que su nacimiento le haya predestinado-, y, al permitir el cambio de estaciones, se ve influido por, a la vez que influye, al mismo tipo de personas por las que está rodeado desde el principio. El hombre de impronta y de aventura, al contrario, se asemeja, en el transcurso de su vida, al rio cuya corriente y su desembocadura en el océano están separados uno de otro, así como de las rocas y de las flores silvestres que sus manantiales reflejaban inicialmente; cambios violentos de tiempo, de lugar, y de circunstancias lo apresuran de una a otra escena, y sus aventuras normalmente tan sólo estarán conectadas entre sí por el hecho de haberle ocurrido a la misma persona. Una historia así se parece a una narrativa ingeniosa y ficticia exactamente en la medida en la que una vieja crónica dramática de vida y muerte de algún personaje distinguido, en la que los distintos agentes aparecen y desaparecen como en las páginas de la historia, se aproxima al drama habitual, en el que cada persona introducida juega su papel correspondiente, y cada matiz de la acción lleva a la única y común catástrofe.

Volvemos a las grandes líneas de distinción entre la novela, tal y como se componía previamente, y la vida real, más en concreto, la diferencia de sentimientos. El novelista pretendía mostrar una imitación de la naturaleza que era, como dicen los franceses, “la belle nature”. De hecho, se presentaban los seres humanos, pero en su estado de ánimo más sentimental, y con sus mentes purificadas por una sensibilidad que a menudo bordeaba la extravagancia. En las novelas más serias, el héroe solía ser un caballero del amor, que nunca rompía una promesa.

Y aunque en el elenco más jocoso se le permitía alguna licencia prestada, bien de la vida real, bien del libertinaje del drama, todavía se exigía una diferencia entre Peregrine Pickle o Tom Jones; y al héroe, para cada tontería de la que pudiera ser culpable, se le justificaba cuidadosamente de los cargos de infidelidades del corazón. Por supuesto, la heroína era todavía más inmaculada, y si entregaba sus afectos a cualquier otro que no fuera el amante al que el lector la había destinado desde la primera vez que se conocieron, habría resultado un delito contra los sentimientos que ningún autor de moderada prudencia se hubiera arriesgado a cometer bajo el “viejo régimen”.

Por lo tanto, nos encontramos ante dos circunstancias esenciales y relevantes por las que las novelas anteriores diferían de las que ahora están de moda, y podían ser casi asimiladas a los viejos romances. Y no puede haber duda alguna de que, a través de la cuidada involución y separación de la historia, de la combinación de nuevos incidentes, sorprendentes y maravillosos más allá del transcurso de las vidas ordinarias, los autores previos abrieron ese sentido del interés obvio y poderoso que surge de la curiosidad; y con una elevada, pura y romántica elección de sentimientos, eran capaces de conciliar las mejores inclinaciones de nuestra naturaleza, que se complace en la contemplación del retrato de la virtud, aun cuando se confesara incapaz de imitar sus excelencias.

Pero, por muy fuertes y poderosas que sean esas fuentes de emoción e interés, son, como todas las demás, capaces de agotarse por el uso. Los imitadores que se apresuraban a amontonarse en los caminos que cada uno de los grandes maestros del arte iniciaba sucesivamente, producían en la mente del público el efecto habitual de saciedad. El primer escritor de una nueva clase es, por así decirlo, colocado en un pináculo de excelencia al que, a primera vista del admirador sorprendido, su ascenso puede parecer algo menos que milagroso. El tiempo y la imitación rápidamente disminuyen el asombro, y cada intento sucesivo establece una especie de escala progresiva de ascenso entre el recientemente deificado autor, y el lector, que había considerado su excelencia inaccesible. La estupidez, la mediocridad, el mérito de sus imitadores, son igualmente fatales para el primer interventor, al mostrarse de qué manera es posible exagerar sus defectos y de conseguir hasta cierto punto algunas de sus bellezas.

También los materiales (y tanto la persona de genio como su miserable imitador deben trabajar con lo mismo) se vuelven rancios y familiares. La vida social, en nuestros tiempos de civilización, proporciona escasos ejemplos capaces de ser retratados en las tonalidades fuertes y oscuras que suscitan la sorpresa y el horror; ladrones, contrabandistas, agentes judiciales, cuevas, mazmorras y manicomios han sido todos ellos introducidos hasta que han dejado de interesar. Y es de esta manera que en las novelas, como en cualquier otro estilo de composición que atraiga el gusto del público, al agotarse las fuentes de mayor riqueza o de más fácil aplicación, el autor arriesgado debe, si desea tener éxito, tener acceso a aquellos que fueron desdeñados por sus predecesores por considerarlos poco productivos, o que fueron evitados por considerarlos aptos únicamente para quienes fueran capaces de convertirlo en algo de utilidad a través de un trabajo y habilidad superiores.

En consecuencia, en los últimos quince a veinte años, ha surgido un nuevo estilo de novela que difiere del previo en aspectos en los que el interés da otro giro; ni alertando a nuestra credulidad, ni entreteniendo a nuestra imaginación por una ingente variedad de incidentes, o por esas escenas de afecto y sensibilidad románticos que previamente fueron atributos fijos de los personajes ficticios, pero que raramente ocurren entre los que viven y mueren en la vida real. El sustituto para estas emociones, que habían perdido mucho de su patetismo por el uso repetido e imprudente de las mismas, habría de consistir en el arte de copiar de la naturaleza, tal y como realmente es, los aspectos más comunes de la vida, y en ser capaz de presentarlos al lector, en vez de en escenas espléndidas de un mundo imaginario, en la representación correcta y sorprendente de lo que cada día está ocurriendo a su alrededor.

Al aventurarse en esta tarea, el autor ha de hacer obvios sacrificios, y encontrarse con dificultades especiales. Aquél que retrata “le beau idéal”, si sus escenas y sentimientos son sorprendentes e interesantes, quedará en gran medida exento de la difícil tarea de reconciliarlos con las probabilidades comunes de la vida; pero aquél que refleja una escena que ocurre habitualmente, ubica su composición dentro de la extensa gama de críticas que la experiencia general ofrece a cada lector. Debemos comparar el juicio del artista con la estatua de Hércules; pero cada uno puede criticar aquello que se le presenta como si fuera el retrato de un amigo, o de un vecino. También se exige que haya algo más que una mera indicación. El retrato debe tener alma y carácter, a la vez que semejanza; y, despojado de todo esto, según Bayes, ha de “elevarse y sorprender”, “tiene que resarcirse mostrando un conocimiento profundo así como destreza en la ejecución”. Es por ello que nosotros no le otorgamos a la autora de “Emma” elogios habituales cuando decimos que, manteniéndose cercana a eventos comunes, y con personajes que se encuentran en los senderos habituales de la vida, ha sido capaz de esbozar escenas con tanta alma y originalidad, que nunca nos falta la excitación que depende de la narrativa de eventos inusuales, que surgen de la reflexión sobre las mentes, maneras y sentimientos muy por encima de los nuestros. En este estilo podríamos decir que es única en su género, ya que las escenas de la Srta. Edgeworth se plantean en formas superiores de vida, que varían más por los incidentes románticos, así como por su destacable capacidad para plasmar e ilustrar el carácter nacional. Pero la autora de “Emma” se limita principalmente a las clases medias de la sociedad; sus personajes más característicos no se elevan mucho más allá de las damas y caballeros rurales bien educados; y aquéllos que se representan con más originalidad y precisión pertenecen a clases más bien por debajo de la media. La narrativa de todas sus novelas está compuesta de eventos tan habituales que pueden ser susceptibles de análisis por la mayoría de las personas; y sus “dramatis personae” se comportan de acuerdo con motivaciones y principios que los lectores pueden reconocer como los mismos que les rigen a ellos mismos y a la mayoría de sus conocidos. Del mismo modo, el tipo de moral que estas novelas inculcan puede aplicarse de igual manera a los senderos de la vida común, como puede bien apreciarse de inmediato en los trabajos previos de la autora, con un compendio más completo que el que en este momento estamos considerando.

“Juicio y Sentimiento”, el primero de estos trabajos, contiene la historia de dos hermanas. La mayor, una joven de prudencia y sentimientos regulados, poco a poco se siente apegada a un hombre con un corazón excelente y talentos limitados, que lamentablemente se ve coartado por un compromiso rápido y mal seleccionado. En la hermana más joven predomina la influencia de la sensibilidad y la imaginación. Tal y como se espera, ella también se enamora, pero con una pasión más desenfrenada e intencionada. Su amante, dotado de todas las cualidades de educación social y vivacidad, acaba resultando desleal, y se casa con una mujer de gran fortuna. El interés y el mérito de la obra dependen en su totalidad de la conducta de la hermana mayor que, a la vez que se ve forzada a soportar con fortaleza su propia desilusión, tiene que apoyar a su hermana, que se abandona a sí misma, a través de sentimientos no reprimidos, a la indulgencia de la aflicción. El matrimonio de su indigna rival libera completamente a su propio amado de un compromiso imprudente, mientras que su hermana, más sabia por la lección, ejemplo y experiencia, traslada su afecto a un admirador muy respetable y quizás demasiado serio, que había alimentado una pasión infructuosa a lo largo de los tres volúmenes.

En “Orgullo y Prejuicio”, la autora nos presenta a una familia de jovencitas, educadas por una madre atolondrada y vulgar, y por un padre cuyas buenas capacidades quedan tan ocultas tras tal cantidad de indolencia e inconsciencia, que se había conformado con hacer de las debilidades y tonterías de su mujer y de sus hijas el sujeto de su sarcasmo más árido y jocoso, en vez de amonestarlas o moderarlas. Éste es uno de los retratos de la vida cotidiana que muestra el talento de nuestra autora con gran determinación. Un amigo nuestro, a quien la autora nunca había visto ni había oído hablar de él, fue inmediatamente reconocido por su propia familia como el original del Sr. Bennet, y no sabemos si ya ha sido capaz de librarse de dicho apodo. Se esboza también con la misma fuerza y precisión a un Sr. Collins como una joven rama de la divinidad, formal y pagado de sí mismo, a la vez que servil. La historia de la obra consiste principalmente en el destino de la segunda hermana, de la que se enamora un hombre de alta cuna, amplia fortuna, y maneras altivas y reservadas, a pesar del descrédito que recae sobre el objeto de su afecto por la vulgaridad y dudosa conducta de sus familiares. La dama, al contrario, dolida por el desprecio a sus familiares, que el amante ni siquiera intenta disimular, y con graves prejuicios hacia su persona por otras razones, rechaza la mano que él le ofrece de una forma muy descortés, y no se da cuenta de la tontería que acaba de hacer hasta que casualmente visita la propiedad y terrenos de su admirador. Ambos tienen la fortuna de reencontrarse exactamente en el punto en el que la prudencia de ella había empezado a calmar sus prejuicios; y, tras unos servicios esenciales prestados a su familia, el amante se ve animado a renovar sus intenciones, y la novela acaba felizmente.

“Emma” tiene menos historia que cualquiera de las novelas precedentes. La Srta. Emma Woodhouse, de la que el libro toma su título, es la hija de un caballero de fortuna y relevancia que reside en su propiedad en la vecindad inmediata a un pueblo rural llamado Highbury. El padre, un hombre de buen carácter e hipocondriaco, abandona la dirección de su hogar en manos de Emma, ocupándose únicamente de sus paseos estivales e invernales, su médico, sus gachas y sus juegos de cartas (whist). Éstos últimos abastecidos por los vecinos de Highbury con el tipo exacto de personas que ocupan las esquinas vacías de una mesa habitual de whist cuando el pueblo está en el vecindario, y no se puede encontrar algo mejor en la propia familia. Nos encontramos con el vicario sonriente y educado, que alimenta la ambiciosa esperanza de obtener la mano de la Srta. Woodhouse. También tenemos a la Sra. Bates, la mujer de un antiguo rector, que pasa de todo excepto del té y de la mesa de whist; su hija, la Srta. Bates, una solterona de buen corazón, vulgar y atolondrada; el Sr. Weston, un caballero de talante honesto y fortuna moderada, y su mujer, una persona amable y educada, que había sido la institutriz de Emma, y a la que está profundamente apegada. Entre todos estos personajes, destaca la Srta. Woodhouse, la princesa suprema, superior a todos sus compañeros en ingenio, belleza, fortuna y educación, consentida por su padre y por los Weston, admirada y casi adorada por los compañeros más humildes de las mesas de whist. El objetivo de la mayoría de las jóvenes es, o al menos así se supone que tiene que ser, un matrimonio ventajoso. Pero Emma Woodhouse, bien anticipando el sabor del periodo posterior de su vida, bien, como buena soberana, prefiriendo el bienestar de sus súbditos de Highbury sobre su propio interés, se dedica generosamente a emparejar a sus amigos sin pensar en su propio matrimonio. Se pone en nuestro conocimiento que ha tenido éxito en el caso del Sr. y la Sra. Weston; y al principio de la novela está ejerciendo su influencia en favor de la Srta. Harriet Smith, una chica de internado sin familia ni fortuna, de muy buen carácter, muy guapa, muy tonta y, lo que se ajustaba perfectamente a los propósitos de la Srta. Woodhouse, con mucha disposición hacia el matrimonio.

En estas maquinaciones conyugales Emma se ve interrumpida con frecuencia no solamente por las advertencias de su padre, que tenía una objeción particular a que alguien se comprometiera con prisas en el matrimonio, sino también por las fuertes reprimendas y protestas del Sr. Knightley, el hermano mayor del marido de su hermana, un caballero rural y sensato de treinta y cinco años, que conocía a Emma desde que nació, y la única persona que se atrevía a decirle sus fallos. Sin embargo, a pesar de las censuras y avisos, Emma planea casar a Harriet Smith con el vicario; y aunque tiene un completo éxito en apartar los pensamientos de su sencilla amiga del honesto granjero que le ha hecho una oferta bastante apropiada, y ha favorecido en ella una pasión por el Sr. Elton, por otro lado el sagrado engreído confunde totalmente la naturaleza del aliento que se le ha brindado, y atribuye el favor encontrado a ojos de la Srta. Woodhouse a un afecto escondido por parte de ésta. Finalmente, se ve animado a hacer una presuntuosa declaración de sus sentimientos y, tras ser rechazado, mira en otra dirección y enriquece a la sociedad de Highbury uniéndose a una elegante joven con tantos miles que pueden contabilizarse de diez en diez, junto con la cantidad correspondiente de presunción y mala educación.

Mientras que Emma se ocupa en vano de forjar los compromisos matrimoniales para los demás, sus amistades están haciendo lo mismo con ella, a favor de un hijo de un matrimonio anterior del Sr. Weston, y que lleva el nombre, vive en la casa, y va a heredar la fortuna, de un tío rico. Lamentablemente, el Sr. Frank Churchill ya tiene depositados sus afectos sobre la Srta. Jane Fairfax, una joven de escasa fortuna; pero, al tratarse de un asunto llevado a escondidas, cuando aparece por primera vez el Sr. Churchill, Emma alberga algunas ideaciones de estar ella misma enamorada de él. Sin embargo, rápidamente, y recuperada de esa peligrosa inclinación, se dispone a trasladarlo a su abandonada amiga Harriet Smith. Mientras tanto, Harriet Smith se ha enamorado perdidamente del Sr. Knightley, el firme soltero administrador de consejos. Dado que todo el pueblo supone que Franck Churchill y Emma están enamorados el uno del otro, hay suficientes contradicciones (si la novela hubiera sido de corte más romántico) como para haber cortado el gaznate de la mitad de los hombres, y haber destrozado los corazones de todas las féminas.  Pero en Highbury, Cupido se pasea decorosamente con oportuna discreción y la llama prendida en un farolillo, sin permitir que el fuego ardiente haga arder toda la casa. Todos estos enredos tan sólo traen consigo una cadena de errores y situaciones embarazosas, de diálogos en bailes y reuniones informales, en los que la autora despliega todas sus peculiares dotes humorísticas, y su conocimiento del ser humano. La trama se desenvuelve con gran simplicidad. La tía de Frank Churchill fallece. El tío, liberado de su nefasta influencia, aprueba su matrimonio con Jane Fairfax. Por un suceso inesperado, el Sr. Knightly y Emma descubren que han estado enamorados el uno del otro desde hacía mucho tiempo. Los temores del Sr. Woodhouse respecto al matrimonio de su hija se ven superados por el miedo a los ladrones, y son apaciguados por la tranquilidad que espera se derive de tener un fornido yerno viviendo en la familia. Y los lábiles afectos de Harriet Smith son transferidos, igual que un cheque bancario garantizado, a su primer pretendiente, el granjero honesto, que había tenido una oportunidad favorable para renovar sus intenciones. Tal es el simple esquema de la historia que leemos con tanto placer a la vez que con un profundo interés, y cuya lectura, al contrario que con esas otras historias a priori tan fascinantes, estemos probablemente deseando retomar por el poderoso entusiasmo de la curiosidad.

El conocimiento del mundo por parte de la autora, y el tacto peculiar con el que presenta a los personajes que el lector no tiene dificultad en reconocer, nos recuerdan a algunos de los méritos de la Escuela Flamenca de pintura. Los sujetos a menudo no son elegantes, y ciertamente no son nunca grandiosos. Pero están perfilados de acuerdo con la naturaleza, y con una precisión que hace las delicias del lector. Se trata de una cualidad muy difícil de ilustrar por extractos pues se extiende por toda la obra, y no puede comprenderse en una única escena. El siguiente es un diálogo entre el Sr. Woodhouse y su hija mayor Isabella, con quien comparte su preocupación por la salud y tiene, como su padre, un médico preferido. El lector ha de ser informado de que esta dama, junto con su marido, una persona sensata y perentoria, había ido a pasar una semana con su padre.

* * * * *

Quizás el lector pueda recoger de lo anterior una muestra tanto de las cualidades como de las debilidades de la autora. Las primeros consisten principalmente en la fuerza de una narrativa dirigida con gran claridad y concisión, acompañada de un pausado diálogo cómico, en el que los caracteres de los oradores evolucionan por sí mismos con un efecto dramático. Por el contrario, las debilidades surgen del minucioso detalle planificado por la autora. Los personajes estúpidos o simples, como el anciano Woodhouse o la Srta. Bates, resultan ridículos la primera vez que son presentados, pero si se trata con ellos con frecuencia o por mucho tiempo, su prosa resulta tan aburrida en la ficción como en la realidad. En conjunto, y como resultado, la relación que las novelas de esta autora mantienen con el elenco romántico y sentimental es la misma que la que pudieran tener los campos de maíz y y las praderas con los exuberantes jardines de una mansión, o el sublime relieve de una montaña. No es tan cautivador como uno, ni tan grandioso como el otro, pero proporciona a quienes lo frecuentan el placer asociado con la experiencia de sus propios hábitos sociales. Y lo que es más importante, el joven puede volver de su vagabundeo literario a sus asuntos cotidianos sin que se dé el caso de que su cabeza se haya trastornado por el recuerdo de alguna de las escenas por las que hubiera estado deambulando.

Sin embargo, debemos decir una palabra en nombre de la otrora poderosa divinidad, Cupido, rey de los dioses y de los hombres que, en estos tiempos de revolución, ha resultado agredido en su propio reino del romance, por autores que antaño fueron sus devotos sacerdotes. Somos bastante conscientes de que hay muy pocos ejemplos de amores a primera vista que hayan logrado un final feliz, y que rara vez puede ser así en una sociedad que, dado su estado de progreso, considera estos matrimonios rápidos, en las clases más altas, como actos, por así decirlo, de imprudencia. Pero la juventud de este reino no necesita de momento ser instruida sobre la doctrina del egoísmo. De ninguna manera es su error abandonar el mundo, o lo mejor de éste, por amor. Y antes de que los escritores de ficción moral casen a Cupido indivisiblemente con la prudencia calculadora, deberíamos hacerles reflexionar para que en algunas ocasiones proporcionaran su consejo para sustituir los motivos de conducta más ruines, sórdidos y egoístas por los sentimientos románticos que sus predecesores quizás airearon en llamas demasiado poderosas. ¿Quién, en su juventud, no ha sentido ese afecto virtuoso, no importa cuán romántico o desgraciado, en el que puede rastrearse la influencia de gran parte de lo que su carácter posee de honorable, digno y desinteresado? Si es capaz de recordar las horas pasadas en esperanza infructuosa, o en la tristeza de la duda y la desilusión, también puede vivir con aquéllas que le han evitado la locura o el libertinaje, al haberse dedicado al estudio que le ha convertido en valedero de la mujer objeto de sus sentimientos, o ha pavimentado el camino quizás para elevarse con la distinción necesaria que le iguale con ella. Incluso la habitual indulgencia de sentimientos totalmente desconectados con nosotros mismos o nuestros intereses más inmediatos consigue suavizar, honrar y corregir los errores de la mente humana. Y una vez pasado el dolor de la desilusión, aquellos que sobreviven (y afortunadamente suelen ser la mayoría) no se han convertido en miembros ni menos sabios ni menos valiosos de la sociedad por haber sentido , alguna vez, la influencia de la pasión que fue correctamente considerada como “la más tierna, la más noble y la más sublime”.

¡Y chimpún!

Ahora, en inglés.

SIR WALTER SCOTT ON JANE AUSTEN

[From. The Quarterly Review, October, 1815]

Emma; a Novel. By the Author of Sense and Sensibility, Pride and Prejudice, etc. 3 vols. 12mo. London. 1815.

Fuente:

http://www.gutenberg.org/cache/epub/11251/pg11251-images.html

There are some vices in civilized society so common that they are hardly acknowledged as stains upon the moral character, the propensity to which is nevertheless carefully concealed, even by those who most frequently give way to them; since no man of pleasure would willingly assume the gross epithet of a debauchee or a drunkard. One would almost think that novel-reading fell under this class of frailties, since among the crowds who read little else, it is not common to find an individual of hardihood sufficient to avow his taste for these frivolous studies. A novel, therefore, is frequently “bread eaten in secret”; and it is not upon Lydia Languish’s toilet alone that Tom Jones and Peregrine Pickle are to be found ambushed behind works of a more grave and instructive character. And hence it has happened, that in no branch of composition, not even in poetry itself, have so many writers, and of such varied talents, exerted their powers. It may perhaps be added, that although the composition of these works admits of being exalted and decorated by the higher exertions of genius; yet such is the universal charm of narrative, that the worst novel ever written will find some gentle reader content to yawn over it, rather than to open the page of the historian, moralist, or poet. We have heard, indeed, of one work of fiction so unutterably stupid, that the proprietor, diverted by the rarity of the incident, offered the book, which consisted of two volumes in duodecimo, handsomely bound, to any person who would declare, upon his honour, that he had read the whole from beginning to end. But although this offer was made to the passengers on board an Indiaman, during a tedious outward-bound voyage, the Memoirs of Clegg the Clergyman (such was the title of this unhappy composition) completely baffled the most dull and determined student on board, and bid fair for an exception to the general rule above-mentioned,—when the love of glory prevailed with the boatswain, a man of strong and solid parts, to hazard the attempt, and he actually conquered and carried off the prize!

The judicious reader will see at once that we have been pleading our own cause while stating the universal practice, and preparing him for a display of more general acquaintance with this fascinating department of literature, than at first sight may seem consistent with the graver studies to which we are compelled by duty: but in truth, when we consider how many hours of languor and anxiety, of deserted age and solitary celibacy, of pain even and poverty, are beguiled by the perusal of these light volumes, we cannot austerely condemn the source from which is drawn the alleviation of such a portion of human misery, or consider the regulation of this department as beneath the sober consideration of the critic.

If such apologies may be admitted in judging the labours of ordinary novelists, it becomes doubly the duty of the critic to treat with kindness as well as candour works which, like this before us, proclaim a knowledge of the human heart, with the power and resolution to bring that knowledge to the service of honour and virtue. The author is already known to the public by the two novels announced in her title-page, and both, the last especially, attracted, with justice, an attention from the public far superior to what is granted to the ephemeral productions which supply the regular demand of watering-places and circulating libraries. They belong to a class of fictions which has arisen almost in our own times, and which draws the characters and incidents introduced more immediately from the current of ordinary life than was permitted by the former rules of the novel. In its first appearance, the novel was the legitimate child of the romance; and though the manners and general turn of the composition were altered so as to suit modern times, the author remained fettered by many peculiarities derived from the original style of romantic fiction. These may be chiefly traced in the conduct of the narrative, and the tone of sentiment attributed to the fictitious personages. On the first point, although

      The talisman and magic wand were broke,
Knights, dwarfs, and genii vanish’d into smoke,

still the reader expected to peruse a course of adventures of a nature more interesting and extraordinary than those which occur in his own life, or that of his next-door neighbours.

The hero no longer defeated armies by his single sword, clove giants to the chine, or gained kingdoms. But he was expected to go through perils by sea and land, to be steeped in poverty, to be tried by temptation, to be exposed to the alternate vicissitudes of adversity and prosperity, and his life was a troubled scene of suffering and achievement. Few novelists, indeed, adventured to deny to the hero his final hour of tranquillity and happiness, though it was the prevailing fashion never to relieve him out of his last and most dreadful distress until the finishing chapters of his history; so that although his prosperity in the record of his life was short, we were bound to believe it was long and uninterrupted when the author had done with him. The heroine was usually condemned to equal hardships and hazards. She was regularly exposed to being forcibly carried off like a Sabine virgin by some frantic admirer. And even if she escaped the terrors of masked ruffians, an insidious ravisher, a cloak wrapped forcibly around her head, and a coach with the blinds up driving she could not conjecture whither, she had still her share of wandering, of poverty, of obloquy, of seclusion, and of imprisonment, and was frequently extended upon a bed of sickness, and reduced to her last shilling before the author condescended to shield her from persecution. In all these dread contingencies the mind of the reader was expected to sympathize, since by incidents so much beyond the bounds of his ordinary experience, his wonder and interest ought at once to be excited. But gradually he became familiar with the land of fiction, the adventures of which he assimilated not with those of real life, but with each other. Let the distress of the hero or heroine be ever so great, the reader reposed an imperturbable confidence in the talents of the author, who, as he had plunged them into distress, would in his own good time, and when things, as Tony Lumkin says, were in a concatenation accordingly, bring his favourites out of all their troubles. Mr. Crabbe has expressed his own and our feelings excellently on this subject.

For should we grant these beauties all endure
Severest pangs, they’ve still the speediest cure;
Before one charm be withered from the face,
Except the bloom which shall again have place,
In wedlock ends each wish, in triumph all disgrace.
And life to come, we fairly may suppose,
One light bright contrast to these wild dark woes.

In short, the author of novels was, in former times, expected to tread pretty much in the limits between the concentric circles of probability and possibility; and as he was not permitted to transgress the latter, his narrative, to make amends, almost always went beyond the bounds of the former. Now, although it may be urged that the vicissitudes of human life have occasionally led an individual through as many scenes of singular fortune as are represented in the most extravagant of these fictions, still the causes and personages acting on these changes have varied with the progress of the adventurer’s fortune, and do not present that combined plot, (the object of every skilful novelist), in which all the more interesting individuals of the dramatis personae have their appropriate share in the action and in bringing about the catastrophe. Here, even more than in its various and violent changes of fortune, rests the improbability of the novel. The life of man rolls forth like a stream from the fountain, or it spreads out into tranquillity like a placid or stagnant lake. In the latter case, the individual grows old among the characters with whom he was born, and is contemporary,—shares precisely the sort of weal and woe to which his birth destined him,— moves in the same circle,—and, allowing for the change of seasons, is influenced by, and influences the same class of persons by which he was originally surrounded. he man of mark and of adventure, on the contrary, resembles, in the course of his life, the river whose mid-current and discharge into the ocean are widely removed from each other, as well as from the rocks and wild flowers which its fountains first reflected; violent changes of time, of place, and of circumstances, hurry him forward from one scene to another, and his adventures will usually be found only connected with each other because they have happened to the same individual. Such a history resembles an ingenious, fictitious narrative, exactly in the degree in which an old dramatic chronicle of the life and death of some distinguished character, where all the various agents appear and disappear as in the page of history, approaches a regular drama, in which every person introduced plays an appropriate part, and every point of the action tends to one common catastrophe.

We return to the second broad line of distinction between the novel, as formerly composed, and real life,—the difference, namely, of the sentiments. The novelist professed to give an imitation of nature, but it was, as the French say, la belle nature. Human beings, indeed, were presented, but in the most sentimental mood, and with minds purified by a sensibility which often verged on extravagance. In the serious class of novels, the hero was usually a knight of love, who never broke a vow.

And although, in those of a more humorous cast, he was permitted a licence, borrowed either from real life or from the libertinism of the drama, still a distinction was demanded even from Peregrine Pickle, or Tom Jones; and the hero, in every folly of which he might be guilty, was studiously vindicated from the charge of infidelity of the heart. The heroine was, of course, still more immaculate; and to have conferred her affections upon any other than the lover to whom the reader had destined her from their first meeting, would have been a crime against sentiment which no author, of moderate prudence, would have hazarded, under the old régime.

Here, therefore, we have two essentials and important circumstances, in which the earlier novels differed from those now in fashion, and were more nearly assimilated to the old romances. And there can be no doubt that, by the studied involution and extrication of the story, by the combination of incidents new, striking and wonderful beyond the course of ordinary life, the former authors opened that obvious and strong sense of interest which arises from curiosity; as by the pure, elevated, and romantic cast of the sentiment, they conciliated those better propensities of our nature which loves to contemplate the picture of virtue, even when confessedly unable to imitate its excellences.

But strong and powerful as these sources of emotion and interest may be, they are, like all others, capable of being exhausted by habit. The imitators who rushed in crowds upon each path in which the great masters of the art had successively led the way, produced upon the public mind the usual effect of satiety. The first writer of a new class is, as it were, placed on a pinnacle of excellence, to which, at the earliest glance of a surprised admirer, his ascent seems little less than miraculous. Time and imitation speedily diminish the wonder, and each successive attempt establishes a kind of progressive scale of ascent between the lately deified author, and the reader, who had deemed his excellence inaccessible. The stupidity, the mediocrity, the merit of his imitators, are alike fatal to the first inventor, by showing how possible it is to exaggerate his faults and to come within a certain point of his beauties.

Materials also (and the man of genius as well as his wretched imitator must work with the same) become stale and familiar. Social life, in our civilized days, affords few instances capable of being painted in the strong dark colours which excite surprise and horror; and robbers, smugglers, bailiffs, caverns, dungeons, and mad-houses, have been all introduced until they ceased to interest. And thus in the novel, as in every style of composition which appeals to the public taste, the more rich and easily worked mines being exhausted, the adventurous author must, if he is desirous of success, have recourse to those which were disdained by his predecessors as unproductive, or avoided as only capable of being turned to profit by great skill and labour.

Accordingly a style of novel has arisen, within the last fifteen or twenty years, differing from the former in the points upon which the interest hinges; neither alarming our credulity nor amusing our imagination by wild variety of incident, or by those pictures of romantic affection and sensibility, which were formerly as certain attributes of fictitious characters as they are of rare occurrence among those who actually live and die. The substitute for these excitements, which had lost much of their poignancy by the repeated and injudicious use of them, was the art of copying from nature as she really exists in the common walks of life, and presenting to the reader, instead of the splendid scenes of an imaginary world, a correct and striking representation of that which is daily taking place around him.

In adventuring upon this task, the author makes obvious sacrifices, and encounters peculiar difficulty. He who paints from le beau idéal, if his scenes and sentiments are striking and interesting, is in a great measure exempted from the difficult task of reconciling them with the ordinary probabilities of life: but he who paints a scene of common occurrence, places his composition within that extensive range of criticism which general experience offers to every reader. The resemblance of a statue of Hercules we must take on the artist’s judgment; but every one can criticize that which is presented as the portrait of a friend, or neighbour. Something more than a mere sign-post likeness is also demanded. The portrait must have spirit and character, as well as resemblance; and being deprived of all that, according to Bayes, goes “to elevate and surprize,” it must make amends by displaying depth of knowledge and dexterity of execution. We, therefore, bestow no mean compliment upon the author of Emma, when we say that, keeping close to common incidents, and to such characters as occupy the ordinary walks of life, she has produced sketches of such spirit and originality, that we never miss the excitation which depends upon a narrative of uncommon events, arising from the consideration of minds, manners and sentiments, greatly above our own. In this class she stands almost alone; for the scenes of Miss Edgeworth are laid in higher life, varied by more romantic incident, and by her remarkable power of embodying and illustrating national character. But the author of Emma confines herself chiefly to the middling classes of society; her most distinguished characters do not rise greatly above well-bred country gentlemen and ladies; and those which are sketched with most originality and precision, belong to a class rather below that standard. The narrative of all her novels is composed of such common occurrences as may have fallen under the observation of most folks; and her dramatis personae conduct themselves upon the motives and principles which the readers may recognize as ruling their own and that of most of their acquaintances. The kind of moral, also, which these novels inculcate, applies equally to the paths of common life, as will best appear from a short notice of the author’s former works, with a more full abstract of that which we at present have under consideration.

Sense and Sensibility, the first of these compositions, contains the history of two sisters. The elder, a young lady of prudence and regulated feelings, becomes gradually attached to a man of an excellent heart and limited talents, who happens unfortunately to be fettered by a rash and ill-assorted engagement. In the younger sister, the influence of sensibility and imagination predominates; and she, as was to be expected, also falls in love, but with more unbridled and wilful passion. Her lover, gifted with all the qualities of exterior polish and vivacity, proves faithless, and marries a woman of large fortune. he interest and merit of the piece depend altogether upon the behaviour of the elder sister, while obliged at once to sustain her own disappointment with fortitude, and to support her sister, who abandons herself, with unsuppressed feelings, to the indulgence of grief. The marriage of the unworthy rival at length relieves her own lover from his imprudent engagement, while her sister, turned wise by precept, example, and experience, transfers her affection to a very respectable and somewhat too serious admirer, who had nourished an unsuccessful passion through the three volumes.

In Pride and Prejudice the author presents us with a family of young women, bred up under a foolish and vulgar mother, and a father whose good abilities lay hid under such a load of indolence and insensibility, that he had become contented to make the foibles and follies of his wife and daughters the subject of dry and humorous sarcasm, rather than of admonition, or restraint. This is one of the portraits from ordinary life which shews our author’s talents in a very strong point of view. A friend of ours, whom the author never saw or heard of, was at once recognized by his own family as the original of Mr. Bennet, and we do not know if he has yet got rid of the nickname. A Mr. Collins, too, a formal, conceited, yet servile young sprig of divinity, is drawn with the same force and precision. The story of the piece consists chiefly in the fates of the second sister, to whom a man of high birth, large fortune, but haughty and reserved manners, becomes attached, in spite of the discredit thrown upon the object of his affection by the vulgarity and ill-conduct of her relations. The lady, on the contrary, hurt at the contempt of her connections, which the lover does not even attempt to suppress, and prejudiced against him on other accounts, refuses the hand which he ungraciously offers, and does not perceive that she has done a foolish thing until she accidentally visits a very handsome seat and grounds belonging to her admirer. They chance to meet exactly as her prudence had begun to subdue her prejudice; and after some essential services rendered to her family, the lover becomes encouraged to renew his addresses, and the novel ends happily.

Emma has even less story than either of the preceding novels. Miss Emma Woodhouse, from whom the book takes its name, is the daughter of a gentleman of wealth and consequence residing at his seat in the immediate vicinage of a country village called Highbury. The father, a good-natured, silly valetudinary, abandons the management of his household to Emma, he himself being only occupied by his summer and winter walk, his apothecary, his gruel, and his whist table. The latter is supplied from the neighbouring village of Highbury with precisely the sort of persons who occupy the vacant corners of a regular whist table, when a village is in the neighbourhood, and better cannot be found within the family. We have the smiling and courteous vicar, who nourishes the ambitious hope of obtaining Miss Woodhouse’s hand. We have Mrs. Bates, the wife of a former rector, past everything but tea and whist; her daughter, Miss Bates, a good-natured, vulgar, and foolish old maid; Mr. Weston, a gentleman of a frank disposition and moderate fortune, in the vicinity, and his wife an amiable and accomplished person, who had been Emma’s governess, and is devotedly attached to her. Amongst all these personages, Miss Woodhouse walks forth, the princess paramount, superior to all her companions in wit, beauty, fortune, and accomplishments, doated upon by her father and the Westons, admired, and almost worshipped by the more humble companions of the whist table. The object of most young ladies is, or at least is usually supposed to be, a desirable connection in marriage. But Emma Woodhouse, either anticipating the taste of a later period of life, or, like a good sovereign, preferring the weal of her subjects of Highbury to her own private interest, sets generously about making matches for her friends without thinking of matrimony on her own account. We are informed that she had been eminently successful in the case of Mr. and Mrs. Weston; and when the novel commences she is exerting her influence in favour of Miss Harriet Smith, a boarding-school girl without family or fortune, very good humoured, very pretty, very silly, and, what suited Miss Woodhouse’s purpose best of all, very much disposed to be married.

In these conjugal machinations Emma is frequently interrupted, not only by the cautions of her father, who had a particular objection to any body committing the rash act of matrimony, but also by the sturdy reproof and remonstrances of Mr. Knightley, the elder brother of her sister’s husband, a sensible country gentleman of thirty-five, who had known Emma from her cradle, and was the only person who ventured to find fault with her. In spite, however, of his censure and warning, Emma lays a plan of marrying Harriet Smith to the vicar; and though she succeeds perfectly in diverting her simple friend’s thoughts from an honest farmer who had made her a very suitable offer, and in flattering her into a passion for Mr. Elton, yet, on the other hand, that conceited divine totally mistakes the nature of the encouragement held out to him, and attributes the favour which he found in Miss Woodhouse’s eyes to a lurking affection on her own part. This at length encourages him to a presumptuous declaration of his sentiments; upon receiving a repulse, he looks abroad elsewhere, and enriches the Highbury society by uniting himself to a dashing young woman with as many thousands as are usually called ten, and a corresponding quantity of presumption and ill breeding.

While Emma is thus vainly engaged in forging wedlock-fetters for others, her friends have views of the same kind upon her, in favour of a son of Mr. Weston by a former marriage, who bears the name, lives under the patronage, and is to inherit the fortune of a rich uncle. Unfortunately Mr. Frank Churchill had already settled his affections on Miss Jane Fairfax, a young lady of reduced fortune; but as this was a concealed affair, Emma, when Mr. Churchill first appears on the stage, has some thoughts of being in love with him herself; speedily, however, recovering from that dangerous propensity, she is disposed to confer him upon her deserted friend Harriet Smith. Harriet has in the interim, fallen desperately in love with Mr. Knightley, the sturdy, advice-giving bachelor; and, as all the village supposes Frank Churchill and Emma to be attached to each other, there are cross purposes enough (were the novel of a more romantic cast) for cutting half the men’s throats and breaking all the women’s hearts. But at Highbury Cupid walks decorously, and with good discretion, bearing his torch under a lanthorn, instead of flourishing it around to set the house on fire. All these entanglements bring on only a train of mistakes and embarrassing situations, and dialogues at balls and parties of pleasure, in which the author displays her peculiar powers of humour and knowledge of human life. The plot is extricated with great simplicity. The aunt of Frank Churchill dies; his uncle, no longer under her baneful influence, consents to his marriage with Jane Fairfax. Mr. Knightley and Emma are led, by this unexpected incident, to discover that they had been in love with each other all along. Mr. Woodhouse’s objections to the marriage of his daughter are overpowered by the fears of house-breakers, and the comfort which he hopes to derive from having a stout son-in-law resident in the family; and the facile affections of Harriet Smith are transferred, like a bank bill by indorsation, to her former suitor, the honest farmer, who had obtained a favourable opportunity of renewing his addresses. Such is the simple plan of a story which we peruse with pleasure, if not with deep interest, and which perhaps we might more willingly resume than one of those narratives where the attention is strongly riveted, during the first perusal, by the powerful excitement of curiosity.

The author’s knowledge of the world, and the peculiar tact with which she presents characters that the reader cannot fail to recognize, reminds us something of the merits of the Flemish school of painting. The subjects are not often elegant, and certainly never grand; but they are finished up to nature, and with a precision which delights the reader. This is a merit which it is very difficult to illustrate by extracts, because it pervades the whole work, and is not to be comprehended from a single passage. The following is a dialogue between Mr. Woodhouse, and his elder daughter Isabella, who shares his anxiety about health, and has, like her father, a favourite apothecary. The reader must be informed that this lady, with her husband, a sensible, peremptory sort of person, had come to spend a week with her father.

Perhaps the reader may collect from the preceding specimen both the merits and faults of the author. The former consists much in the force of a narrative conducted with much neatness and point, and a quiet yet comic dialogue, in which the characters of the speakers evolve themselves with dramatic effect. The faults, on the contrary, arise from the minute detail which the author’s plan comprehends. Characters of folly or simplicity, such as those of old Woodhouse and Miss Bates, are ridiculous when first presented, but if too often brought forward or too long dwelt upon, their prosing is apt to become as tiresome in fiction as in real society. Upon the whole, the turn of this author’s novels bears the same relation to that of the sentimental and romantic cast, that cornfields and cottages and meadows bear to the highly adorned grounds of a show mansion, or the rugged sublimities of a mountain landscape. It is neither so captivating as the one, nor so grand as the other, but it affords to those who frequent it a pleasure nearly allied with the experience of their own social habits; and what is of some importance, the youthful wanderer may return from his promenade to the ordinary business of life, without any chance of having his head turned by the recollection of the scene through which he has been wandering.

One word, however, we must say in behalf of that once powerful divinity, Cupid, king of gods and men, who in these times of revolution, has been assailed, even in his own kingdom of romance, by the authors who were formerly his devoted priests. We are quite aware that there are few instances of first attachment being brought to a happy conclusion, and that it seldom can be so in a state of society so highly advanced as to render early marriages among the better class, acts, generally speaking, of imprudence. But the youth of this realm need not at present be taught the doctrine of selfishness.It is by no means their error to give the world or the good things of the world all for love; and before the authors of moral fiction couple Cupid indivisibly with calculating prudence, we would have them reflect, that they may sometimes lend their aid to substitute more mean, more sordid, and more selfish motives of conduct, for the romantic feelings which their predecessors perhaps fanned into too powerful a flame. Who is it, that in his youth has felt a virtuous attachment, however romantic or however unfortunate, but can trace back to its influence much that his character may possess of what is honourable, dignified, and disinterested? If he recollects hours wasted in unavailing hope, or saddened by doubt and disappointment; he may also dwell on many which have been snatched from folly or libertinism, and dedicated to studies which might render him worthy of the object of his affection, or pave the way perhaps to that distinction necessary to raise him to an equality with her. Even the habitual indulgence of feelings totally unconnected with ourself and our own immediate interest, softens, graces, and amends the human mind; and after the pain of disappointment is past, those who survive (and by good fortune those are the greater number) are neither less wise nor less worthy members of society for having felt, for a time, the influence of a passion which has been well qualified as the “tenderest, noblest and best.”

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  1. Esmeralda Amaro Martinez dice:

    Habia leido muchos artículos donde hablaba de la manera en que Sir Wlalte había hablado de mi Jane, y decía que eran muy pocos favorecedores sus comentarios, otros decían que el expresaba que era Grandiosa, y pues nunca había tenido la oportunidad de leer el articulo, hasta que la Bendita Mila ME HIZO EL FAVOR, y pues que YO TAMBIEN LE AVENTARÍA LAS SALES A SIR WALTER, Spoiloooooo TODO, la verdad no le hizo ningun favor, solo porque es famoso y eso le da mas credebilidad a Jane,claro ella no la necesita, pero la Fama ayuda digo te abre un poco el camino, y no entiendo porque tuvo que decir cada libro, se me hizo aburrido su comentario, Sir Walter es enorme me gusta mucha si prosa, pero Jane es un gigante.

  2. carmen dice:

    graciasssssss!!!!!!maravilloso!!!!!

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