Querida Belén:

 Espero que su familia esté bien de salud. Aquí el tiempo es algo cambiante pero tolerable.

 Le escribo esta misiva para hablar de su… ehhh….hummm… bueno, creo que antes de proceder a facilitarle el contenido de mi carta, le sugeriré que se haga con un buen acopio de sales. ¿Ha visto qué fino me ha quedado lo de acopio? Yo mientras tanto procederé a verter una nube de leche en mi taza de té de Wedgewood. El meñique no podré estirarlo adecuadamente debido a un leve percance sin importancia cuando iba a acercármelo para liberar de picor la punta de mi nariz, y se topó con una abeja despistada en pleno vuelo hacia una de las flores de mi sombrero.

 Pues bien, como la imagino ya preparada con su frasquito de sales, y como le iba diciendo, tras mucho cavilar, he tomado la decisión de no hablar de su libro. Pas du tout. Es más, me atrevería a añadir que pas possible. ¿Qué pour quoi? Permítame antes una breve dilación, pues he de ponerme a prueba con unos cuantos acertijos que me planteó en uno de nuestros últimos encuentros, y que estaban relacionados con inspiraciones y epifanías ocurridas en sus visitas furtivas a mi mansión. Me ha parecido adivinar, y espero que tenga la amabilidad de confirmarme si es así, algo que tiene que ver con los ponches que bebemos en nuestros bailes; con los carruajes, o con los sombreros. Pero no desvelaré nada más. He de ser fiel a mi intención original de no hablar rien de rien de su libro. (¡Ea! ya puse mis palabras en francés)

 ¡Ah, mi querida amiga! En fin, hacía tiempo que no disfrutaba con algo tan genuinamente austeniano como su libro. Afortunadamente, mi diligente y humilde doncella, Betsy, se ha encargado de tener siempre listos mis pañuelitos de encaje que, durante su lectura, utilizaba incesantemente para enjugarme las lágrimas… de la risa, claro. No hay nada que refine más una buena carcajada que un delicado encaje de bolillos.

 He de agradecerle que haya tenido Vd. el buen gusto de no pretender continuar, ni mucho menos contar, ninguna historia romántica. Pero me atrevería a decir sin temor a equivocarme que todos los héroes y heroínas Austen pasean por los aposentos de su mansión con una desnudez (¡oh! ¡he dicho desnudez!) de espíritu sutil e hilarante, entre las tramas que nos resultan tan familiares, a la par que tan perfectamente superpuestas y que encajan unas con otras como a cenicienta su zapato de cristal.

 Le repito, mi querida amiga, no quiero hablar de su libro. No. Quiero algo mejor. Que todas mis amigas y damas de sociedad se lo lean. Y sus maridos. Vd. ha recogido, por fin, lo mejor de Austen: su sentido del humor. Y, por qué no decirlo, ese punto imprescindible de mala milk. De vacas inglesas, claro.

 Y ahora ha de disculparme, pues acaban de anunciarme la llegada de uno de mis pretendientes al que he de despachar sin ningún tipo de miramientos. Ya sabe, es una verdad universalmente reconocida que una mujer en posesión de una gran fortuna no necesita un marido absolutamente para nada.

 Su afectí… afectu…afecta…. eeeehhh… amistosa cordialísima saludadora.

 

Moi, es decir, La Condesa de Avecrème.

 

P.D. No pretendo emular su finísimo arte epistolar, sino hacerle un guiño de rendida y divertida admiración.

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